Hace dos semanas comenté, en tono seudohumorístico, el hecho de que Fidel Castro intuyera, con respecto a las ondas de la telefonía celular, una posibilidad médica que, más tarde y como resultado de una serie de experimentos con conejos libidinosos, un grupo de científicos japoneses elevaría a la categoría de hipótesis y, de pasada, confesé no haberle pedido nunca al cielo la muerte del líder cubano. De modo que no hay razón para que algunos lectores hayan interpretado que mi intención era exaltar al ex gobernante ni, mucho menos, para que uno de ellos me enviara el siguiente mensaje electrónico: “¿Usted sabe qué le hacía Hitler, amo y señor ario de Alemania, a los comunistoides o rojos como usted? ¡Ojalá estuviera vivo!”. Rociarme con tales adjetivos es tan acertado como declararme nativo de Ulan-Bator, pero me pregunto con asombro cómo puede un tico cuyo apellido materno sugiere –si algo tiene que sugerir– un origen sefardita, desear la supervivencia del “amo y señor ario de Alemania”. ¿Ignora, por azar, este genial pensador tropical, lo que su aparente ídolo les hizo a los judíos, los eslavos y los gitanos y seguramente desearía hacernos, solo por no ser arios, a muchos otros que estuvimos fuera de su alcance?
De las personas a quienes les mostré el alucinante mensaje y les comenté que quizás provenía del último nazi de Costa Rica, una me recetó un escueto “solo vos sabés que es el último”, otra me recordó que, cuando el criminal nazi Adolf Eichmann fue secuestrado y luego juzgado en Israel, un influyente movimiento político de Costa Rica defendió públicamente a aquel desalmado verdugo y, para sugerirme una explicación más bien ingenua, una tercera me contó que uno de nuestros profesores universitarios clasificaba a los analfabetos en tres categorías: quienes nunca tuvieron la oportunidad de aprender a leer, quienes habiéndola tenido no supieron aprovecharla y quienes, habiéndola aprovechado, no llegan a comprender lo que leen.
Siempre queda abierta la posibilidad de que el remitente del siniestro mensaje no sea un nazi sino un ex comunista desorientado que no puede desconectarse de la consigna estaliniana según la cual al enemigo no debe permitírsele tener ideas porque estas son más fuertes que las armas, que tampoco se le toleran. Por lo demás, tomemos nota de lo que intentaría hacernos este probable tataranieto de judíos españoles si una mañana, cual Gregorio Samsa, se despertase convertido en un insecto llamado Stalin o Hitler. Lo verdaderamente aterrador es tener que seguir ignorando cuántas personas comparten, en nuestro país, cierta pesadilla.