Johannesburgo. El Mundial es una fiesta, es un privilegio estar aquí, no me cambio por nadie. Sin embargo, siempre hay detalles negativos. Hoy voy a reseñar algunos de esos lunares.
El frío. No lo puede controlar la FIFA, ni el gobierno sudafricano, ni nadie. Pero o la fecha o la sede están mal escogidas, no podía ser en este mes y esta parte del globo. También es verdad que el invierno está más crudo que de costumbre, lo dicen los lugareños. Mas, estas no pueden ser las Olimpiadas de Invierno. El mejor futbol no se puede practicar a cero grados. La FIFA, que mortifica a Bolivia por sus estadios a 3.600 metros, debería pensar en los jugadores y los aficionados cuando se trata de la principal cita.
La falta de goles. El promedio es bajísimo, no llega ni a dos por partido. Sudáfrica está premiando a los mezquinos. Cuando la media se desplomó en Italia 90, la International Board tuvo que correr a modificar las reglas. Suavizaron el fuera de lugar, le prohibieron al arquero tomar la bola con las manos si provenía de un compañero, e instauraron los tres puntos por victoria, un incentivo para los que salen a ganar. Tal vez sea hora de revisar los reglamentos. Los tiros libres son una burla, con la barrera en la nariz del que cobra. En muchos penales el arquero hace un achique. Falta mano dura cuando los defensas derriban al delantero que va solo hacia el gol. Hay de donde echar mano para ayudar a mejorar las producción de goles, pero será en el futuro; para este Mundial parece que no habrá remedio.
¿Las vuvuzelas? Con estas cornetas infernales hay una relación de amor-odio. Les dan vida a los estadios, una identidad sónica que pasará a la historia. México 86 se recuerda por la ola en la gradería; Sudáfrica 2010 dejará ese zumbido de manada de elefantes. También es cierto que a veces aturde. A mí no me molestaban hasta que en el Brasil-Corea del Norte tuve una en la oreja. Al tercer cornetazo casi pido asilo político en otra gradería. Tampoco es cualquiera el que la suena, hay que tener pulmones. Un centro comercial solicitaba, amablemente, que por favor nadie sonara vuvuzelas dentro de sus instalaciones. Advertencia: aficionados y periodistas ticos amenazan con llevar algunas de regreso.
Los mexicanos gritándole ‘puto’ al arquero rival. Que lo hagan allá en sus estadios, pasa. En el Mundial sudafricano es chocante y absurdo. La mayoría de la gente no les va a entender el insulto homofóbico (“puto” es homosexual). Vaya grito de guerra fueron a escoger para presentarse ante el mundo.
El caos vial. Para llegar a los partidos casi hay que dormir en el estadio la noche antes. En una ciudad sin sistema de transporte público (autobuses o metro) cualquier evento hace colapsar las cómodas autopistas. Los equipos, árbitros y delegaciones oficiales serpentean de un carril a otro gracias a la ayuda de la policía de tránsito. Los demás que tengan paciencia y pongan la radio, algún día llegarán.
Falta ambiente. En Alemania 2006, la gente amanecía en las calles. En Sudáfrica no se puede, por el frío y porque hay riesgo de volver al hotel sin la billetera. Aún así, los sudafricanos son un pueblo festivo y amable, que tiene un compromiso sincero para que el Mundial sea un proyecto exitoso.
La prensa se queja mucho, dirá alguien. Es cierto que el Mundial es una experiencia maravillosa. Otro día hablamos de sus miles de cosas positivas.