Johannesburgo. A Brasil le alcanzó con las ráfagas de Kaká y Luis Fabiano para resolver su segundo combate del Mundial. Recuperó algo de su identidad, aunque todavía está lejos de las mejores versiones de la Canarinha.
Su gran virtud fue la contundencia. Su gran pecado la irregularidad: hubo picos de voltaje muy altos, pero también momentos de tiniebla, de apagonazos.
También aprovechó la indulgencia arbitral en el segundo gol de Luis Fabiano. El artillero bajó la pelota con la mano, dos veces, sin que el réferi se diera por enterado.
Brasil es el alumno superdotado que no necesita estudiar mucho para sacarse ocho en el examen. El problema es que le exigen pasar con diez. Y mención de honor. Los brasileños no solo juegan contra el rival de turno, sino también contra sus antecesoras, que impusieron parámetros de excelencia.
Costa de Marfil era una buena oportunidad para lucirse. Es un equipo dócil, con tremendas limitaciones, pero por alguna razón buena parte de la crítica considera que es una maravilla. Y que ganarle es una misión de titanes.
Los marfileños se encomiendan a Drogba. Equipos como Argentina o España tienen estrellas de recambio; el conjunto de los elefantes naranja empieza y termina con el delantero del Chelsea inglés.
En todo caso, Brasil no suele fijarse mucho en el contrincante. Que se preocupen los otros. Sabe que le cederán la palabra al inicio, especialmente en estos partidos de primera fase, ante rivales que no saben si marcar o pedir autógrafos.
Ritmo. El juego empezó lento, como todo este Mundial. Lo peor es que ya no sorprende. Los primeros días los aficionados protestaban, ahora agradecen cuando el primer chispazo rasga la monotonía.
Ese instante de brillo llegó con una triangulación de Robinho, Kaká y Luis Fabiano. Un tridente que mete miedo cuando llega aplicado, pero que en Sudáfrica solo se sienta a conversar junto un par de veces cada partido.
El primer gol debería ser la tarjeta de presentación de Brasil: juego pie a pie, velocidad de pensamiento y acción, cadencia romper el muro de contención. Pero es una ofrenda esporádica. La mayor parte del tiempo el estilo de los suramericanos fue plano, aunque el 3-1 suene a cosecha generosa.
A la agradable hechura del tanto de Luis Fabiano le siguió uno de los baches. Tampoco es nada nuevo en este Mundial, donde los mejores equipos tienen miedo de dejar el acelerador puesto.
Brasil siguió creciendo a chispazos. Costa de Marfil presentó poca oposición: le da miedo rematar de largo y no puede tramitar ninguna jugada de peligro sin que el mariscal Drogba firme el ejecútese.
Atrás, Lucio fue un vigilante celoso, muy buen tiempista, ese arte de meter el pie en el momento exacto, sin caer en foules torpes.
Solo una vez se les escapó Drogba, con el partido 3-0, totalmente decidido. Descontar no ayudó mucho a los africanos, que solo querían salir del Soccer City con las menores heridas posibles, sin ambición de cuestionar mucho el título nobiliario de su rival.
A Brasil todo le salía hasta que Kaká se puso a pelear y acumuló tarjetas. Los marfileños le dieron, pero debería estar acostumbrado; con asa actitud pendenciera se perjudica solo.
Fue momento de poner el juego en la nevera. Una reserva prudente y aceptable para cualquier equipo del mundo, menos para Brasil.
A punta de chispazos se montó en el marcador. Le basta con eso, por lo menos en esta fase; más adelante llegarán nuevas exigencias.
A Brasil se le mide con otra vara: la de sus ilustres antecesores. Así nunca va a quedar bien; son los zapatos más difíciles de llenar en el universo del futbol. Y a Costa de Marfil, inflado en exceso, drogbadependiente, se le escapa el aire.