Nos parece acertada, en principio, la decisión adoptada por la ministra de Comercio Exterior, Anabel González, de reestructurar la cartera a su cargo de conformidad con los nuevos requerimientos de la política de comercio internacional. La reforma revela, en el fondo, un cambio esencial de estrategia que pasamos seguidamente a comentar en este editorial. Sin embargo, a pesar de la reforma, hay todavía factores que dificultan la actividad del empresario exportador e importador a los que se debe prestar mayor atención.
El cambio fundamental en la política de comercio internacional se percibe de la siguiente manera: el país ya ha realizado, o negociado, acuerdos bilaterales o multilaterales con los principales socios comerciales, incluyendo EE.UU., República Dominicana, México, Chile, Centroamérica, el Caricom, China, Singapur y más recientemente la Unión Europea. Entre todos ellos se cubre el 92% de las exportaciones y el 77% de las importaciones, lo cual confiere una doble cobertura muy amplia y representativa. En opinión de la jerarca del ramo, ya no se necesita una estructura montada en la necesidad de celebrar nuevos tratados internacionales, como antes, sino en administrar bien los que ya están vigentes o en proceso de finalización.
En eso lleva razón. El país tiene ya un plato muy voluminoso con lo acordado. El éxito del comercio exterior no estriba únicamente en negociar. Ahora conviene dedicar tiempo y esfuerzos a administrar mejor esos logros contractuales, para asegurarse de que los beneficios para el país serán los mejores. La apertura comercial brinda oportunidades de exportar e importar que se deben aprovechar; de ello depende, en mucho, el crecimiento económico y la generación de empleos.
Con base en ese nuevo objetivo, el cambio en la estructura administrativa del ministerio de Comercio Exterior se orienta en dos direcciones distintas pero complementarias: geográfica y temática. La primera organiza al ministerio en una división general y varias regiones geográficas que apelan a las áreas donde se ubican los países con los hemos negociado. Además, existen focos de atención más globales, como la Organización Mundial del Comercio (OMC), que requieren atención especial.
Desde el punto de vista temático, se establecieron varias dependencias, incluyendo monitoreo y acceso de bienes industriales, agrícolas y otros; medidas sanitarias y fitosanitarias; obstáculos técnicos y contingentes arancelarios para ver los efectos de las denominadas barreras no arancelarias al comercio exterior; reglas de origen y otras. Todas ellas son necesarias y se complementan muy bien con las geográficas, a las que les pueden brindar servicios especializados en cada una de esas áreas temáticas.
Dicho lo anterior, conviene señalar algunos aspectos importantes de la política comercial, no contemplados o, por lo menos, no mencionados en el proceso de reestructuración de la política comercial. En primer término, el hecho de haber cubierto un buen porcentaje del total de importaciones y exportaciones en los tratados antes mencionados, no significa que se deban abandonar del todo los esfuerzos para buscar nuevas alianzas comerciales con otros países o zonas geográficas. La vocación de un país pequeño como el nuestro es abrirse plenamente al comercio internacional, sin importar su procedencia, para no renunciar a nuevas oportunidades.
También es importante tener en consideración que la compleja red de tratados internacionales, con aranceles y normas distintas entre todos ellos, introduce distorsiones y complicaciones al comercio internacional que potencialmente perjudican a exportadores e importadores y, desde luego, a los consumidores, que constituyen el fin último del comercio mundial. Diferencias arancelarias entre productos similares provenientes de países distintos pueden implicar desviaciones injustificadas del comercio internacional.
Por lo tanto, es indispensable planear un ejercicio de armonización entre las normas de los distintos convenios internacionales, y tratar de generalizar la aplicación de las respectivas cláusulas de nación más favorecida.
Las ventajas comparativas deberían provenir de factores como la productividad, y no de diferencias arancelarias impuestas con cierta arbitrariedad.
Finalmente, es indispensable simplificar al máximo toda la tramitología aplicable al comercio internacional, pero sin sacrificar los controles esenciales para evitar abusos y el lavado de dinero, con el objeto de dotar a importadores y exportadores de instrumentos más sencillos y manejables para consolidar el comercio internacional como la principal fuente de crecimiento económico y generación de empleo. La queja esgrimida por los empresarios en ese sentido, según reportamos en nuestra edición del pasado jueves, está bien puesta. El Ministerio de Comercio Exterior debe prestarle toda la atención que se merece.