A sus 79 años, Francisco Prado ganó ¢70 millones en un sorteo de la Lotería Nacional. En adelante, vivirá de los intereses, porque renunció a su pensión del régimen no contributivo de la Caja Costarricense de Seguro Social “para que se la den a otro viejito, a alguien que esté muy necesitado”. El necesitado es el país, pero de recibir lecciones de generosidad como la dictada por este modesto agricultor nicaragüense radicado desde hace 50 años en Costa Rica.
Los ¢70.000 de su pensión dejarán de llegar a Guatuso de Alajuela, donde hoy vive don Francisco, padre de ocho hijos a quienes heredará el capitalito ganado en la lotería y un ejemplo de rectitud y bonhomía pocas veces visto. Aspirar a la generalización de la virtud demostrada por don Francisco es una meta difícil, pero su desprendimiento puede servirnos a todos para ser un poco mejores.
Los evasores de la seguridad social, los funcionarios capaces de aceptar un soborno, los periodistas deshonestos, los taxistas que adulteran marías y todos los ciudadanos que en algún momento tomamos el camino fácil, con consecuencias más o menos graves, podríamos hacernos dignos de mirar a don Francisco a los ojos si tuviéramos presente su ejemplo en la vida cotidiana.
“Cuando gané la lotería, ni siquiera me ilusioné... siempre estuve tranquilo”, dijo el agricultor sin advertir que su renuncia tiene el poder de ilusionarnos a todos. Ser mejores es posible y ahí están ejemplos como el de don Francisco para demostrarlo.
El régimen no contributivo tiene 86.936 beneficiarios de modestas pensiones que en la mayor parte de los casos recompensan años de esfuerzos desplegados al margen del sistema de seguridad social, ya sea por descuido de sus patronos o imposibilidad de incorporarse al sector formal de la economía. Un 58% de ellos son adultos mayores, muchos dedicados en su juventud a pesadas tareas, como las agrícolas, donde no tuvieron oportunidad de cotizar para la futura jubilación.
En los últimos años, el Poder Ejecutivo y la Caja vienen haciendo esfuerzos por mejorar estas pensiones, cuyo aumento siempre se refleja en el retroceso de los índices de pobreza. El hecho es significativo porque demuestra la ubicación fronteriza de este sector de la población, un día más allá de la línea de pobreza, y otro, rescatada por un ajuste en la jubilación. De entre ellos surge el ejemplo de don Francisco y eso le imprime un carácter especialmente conmovedor.
El gesto sirve, también, para recordarnos la necesidad de incorporar a la economía formal y a la plenitud de goce de la seguridad social a las capas de la población que hoy se esfuerzan por ganarse la vida, como un día lo hizo don Francisco, y mañana se verán necesitados de una pensión.
La virtud demostrada por el anciano nicaragüense también apunta a la necesidad de reconocer el aporte de los inmigrantes. Son recibidos con generosidad por Costa Rica, casi siempre saben agradecerlo y en su mayoría están dispuestos a pagar la hospitalidad con trabajo honrado y ejemplar.
En todas esas vertientes, el país debe agradecer al humilde agricultor de Guatuso la llamada de atención, hecha sin ostentación ni pretensión de reconocimiento. Fue la Caja, no don Francisco o su familia, quien divulgó el gesto extraordinario. Lo hizo con la clara y correcta intención de honrarlo, calificándolo de “ejemplar, honesto y admirable”.
El anciano agricultor lo merece y nos hemos sentido obligados a contribuir con la tarea de difundir su ejemplo, digno de estudio en los cursos de educación cívica y materia de reflexión para todos los costarricenses, sus orgullosos conciudadanos.