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Las vueltas de Pitágoras

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Víctor Hurtado Oviedo vhurtado@nacion.com 12:00 a.m. 13/06/2010

Pitágoras fue un místico; o sea, un creyente que se toma demasiadas confianzas con Dios. Por ejemplo para comunicarse con Apolo, los demás griegos debían hacer fila ante el oráculo de Delfos, que siempre estaba ocupado o contestaba tonterías; en cambio, como era místico, Pitágoras no formaba cola pues –diríamos hoy– se había conseguido los celulares de los dioses.

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Cuando Zeus estaba robando a Europa, entraba la llamada de Pitágoras. Desagradables experiencias como esta transformaron en incordios a los místicos y estuvieron a punto de acabar con la mitología.

Don Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro lo tuvo muy claro. Una tarde de Madrid, en palique lírico con el joven Alfonso Reyes, don Ramón se confesó : “Usted, Reyes, es tomasiano. Yo soy místico; es decir, hereje” (Alfonso Reyes: Simpatías y diferencias, año 1921).

El místico es el primo sospechoso del hereje porque ambos se saltan el debido proceso al dirigirse a Dios sin intermediarios.

En verdad, Pitágoras fue místico de un solo dios: el Dios creador del universo. Rechazó el politeísmo, que es la poligamia de la fe. Negó así que existiese la divina panda del Olimpo pues los dioses griegos le parecían un circo romano.

Pitágoras es el fundador de Platón. Este sutilizó ideas del primero, como la convicción de que el mundo material es una degradación del perfectísimo mundo de las ideas.

Según Pitágoras, el cuerpo es una cárcel del alma. Al morir el cuerpo, el alma se reencarna; así, en los cementerios, los epitafios deberían parecer carteles de oficina: Salí a morir, pero ya vuelvo.

Pitágoras también creyó en la trasmigración de las almas, de modo que podrían luego habitar cualquier objeto: un triángulo azul, un ave roc, un admirador de Julio Iglesias; lo dicho: cualquier objeto.

Pitágoras supuso que el universo guarda un orden divino y que este se basa en los números. Divinizó los números y los independizó de los fines prácticos (pesos, deudas), de manera que, con la andanza de los siglos, otros crearían la ciencia pura de las matemáticas.

Pitágoras amó la música y el secreto, y fundó sectas que gobernaron ciudades. Estuvo chalado, pero fue genial: la reencarnación debería darle una oportunidad.

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