Este gran día comenzó, hace dos años, en Oceanía, cuando se puso en marcha la etapa de clasificación para el campeonato mundial de futbol en Sudáfrica. De los 208 miembros de la FIFA 200 participaron, con sus respectivas selecciones, en este magno proceso democrático, competitivo y globalizador, en busca de uno de los 32 puestos de honor en Sudáfrica.
Ninguna actividad humana, en el orden competitivo, regida por una institución de alcance mundial y sometida a unas pocas reglas, atrae a tantas personas en el mundo, en alas de los medios de comunicación. Si las noticias sobre esta cumbre deportiva han venido in crescendo a partir del 2008, se han acentuado, una vez conformados los ocho grupos participantes, y alcanzado su máximo nivel en estas semanas anteriores a la inauguración. De hoy al 11 de julio próximo se romperán todas las marcas de concentración popular en los medios de comunicación seguidos de la onda expansiva de las opiniones en todos los lugares. La melodía de las vuvuzuelas en los estadios y en las calles de Sudáfrica habrá penetrado, por primera vez, en gran parte de los hogares del mundo, eco del pensamiento de Nelson Mandela: “El deporte tiene el poder de cambiar el mundo, llevar esperanza y crear comunicación con la juventud”.
El cambio requiere, sin duda alguna, el concurso de una serie de factores personales e institucionales de toda índole, incluido el deporte. Sin embargo, si alguna vez esta reflexión encuentra su asidero es en este campeonato mundial de futbol en Sudáfrica, epicentro, en esta oportunidad, de la historia de África, una de las pocas oportunidades, fuera de su saga de explotación, dolor y violencia, en que contemplamos este continente con visión planetaria y emoción de vida. Este campeonato mundial difiere, por ello, radicalmente de los habidos anteriormente desde 1930 en Uruguay. Su realización en Sudáfrica contiene una dimensión humana e histórica particular, que sobrepasa el círculo necesario de los intereses económicos, empresariales y deportivos.
Desde esta perspectiva, la globalización del futbol y la realización de esta copa mundial en Sudáfrica representan, por lo primero, esto es, por su extensión y penetración, un fenómeno sociológico sin parangón y, por lo segundo, por su contenido humano, histórico y cultural, un salto cualitativo promisorio y esperanzador. Corresponde a la FIFA avanzar con vigor e ilusión por esta senda y extraer todo el potencial moral y organizativo del futbol, desde los villorrios hasta las metrópolis. Los políticos y dirigentes del mundo deben, por su parte, entender que el fermento de la paz y del cambio reside en el encuentro y el diálogo, en la creatividad, la solidaridad y la libertad, así como en los inagotables valores del ser humano y en las oportunidades para su conocimiento y convivencia.
Esta copa mundial, por ello, se encarna en la figura universal de Nelson Mandela, seguidor de la estrategia de Gandhi, quien compartió por tres años el sufrimiento del pueblo sudafricano. Su presencia en el primer partido de hoy entre las selecciones de Sudáfrica y México excede el honor que el futbol le confiere y que él le confiere a este deporte. Un campeonato mundial para Mandela siempre ha sido la gran oportunidad de unir al país. Este es el mensaje: el deporte como expresión de solidaridad y puente de unión, en concordancia con su propia visión de la política.
Hace solo 20 años, el 11 de febrero de 1990, este héroe y gran campeón de la dignidad humana recobró, sin odio, su libertad, tras 27 años de encierro (el preso 46664), y escenificó, acto tras acto, el drama grandioso de la lucha contra el apartheid (separación racial). Luego, llevó a cabo una de las más extraordinarias caminatas por la verdad y la reconciliación personal que se recuerde en la historia de la humanidad, manantial del gran cambio en Sudáfrica.
Esperamos, dicho esto, que, en verdad, los educadores reflexionen en estos días con sus alumnos sobre el mensaje, que compartimos, enviado por el ministro de Educación, Leonardo Garnier, con ocasión de la Copa Mundial de Futbol. El deporte y, en esta oportunidad el futbol, de la mano de la educación, de la paz, la solidaridad y, en general, de los valores humanos, que, según el testimonio de Albert Camus, premio Nobel de Literatura, él aprendió siendo portero en su juventud. Bola al centro.