Dentro de la lógica teatral, es absurdo aplaudir al final de una tragedia. Pero en la política costarricense, esa parece ser la actitud recomendada por una ética cada vez más hipócrita, cada vez más confusa y cada vez más superficial.
La reciente renuncia de Bruno Stagno es una noticia funesta para nuestro servicio exterior, y en general para Costa Rica. Un hombre admirable, dotado de una gran inteligencia y una dignidad excepcional, ha renunciado, quizás para siempre, a servirle a nuestro país desde la función pública.
Y, sin embargo, hay quienes acuden con vítores y aplausos a celebrar su dimisión, porque consideran que constituye un triunfo para la ética pública y un triunfo para la democracia costarricense. ¡Qué equivocados están! ¡Qué exigua es su gratitud y qué corta es su memoria! ¡Qué pobre es su sentido de la humanidad y qué limitada es su comprensión de la falibilidad propia y ajena!
Lo acontecido. Aunque los medios de comunicación no han sido totalmente claros en presentar los hechos, ni han divulgado todos los datos disponibles, el pueblo de Costa Rica tiene en sus manos la información básica de lo acontecido: desde el mes de marzo, la presidenta electa, Laura Chinchilla, anunció la designación de Bruno Stagno como el nuevo embajador ante la Organización de las Naciones Unidas. Para asegurar la continuidad de su servicio y garantizar que su nombramiento estuviera vigente con la entrada del nuevo Gobierno, el excanciller presentó su caso ante el Consejo de Gobierno, que es el órgano encargado de nombrar a los representantes de Costa Rica en el exterior.
Es claro que la tramitación del nombramiento pudo haberse realizado de otra manera. Pero no se hizo y no tiene ningún sentido discutirlo ahora. Lo que sí tiene sentido discutir, y lo que nuestro país urgentemente necesita resolver, es qué hacer ante la presencia de un error; cómo debe reaccionar nuestro ordenamiento, nuestra oposición, nuestra opinión pública, ante la eventualidad de que los procedimientos escogidos para alcanzar un fin, no sean los mejores ni los más recomendados. Porque el caso de Bruno Stagno es un caso de procedimientos, en el que no hubo lesión a la Administración. Repito: se trata de una discusión de formas, en donde en ningún momento se afectó el interés público.
Me dirán que las formas no pueden desdeñarse y que son el fundamento de un Estado de derecho. Yo estoy totalmente de acuerdo: las formas son vitales para el sostenimiento de nuestra democracia. Pero no siempre son más vitales que los fines. En este caso, puestos a escoger: ¿preferiremos cumplir con un procedimiento, a obtener un resultado? ¿Preferiremos renunciar a tener un embajador como Bruno Stagno, en lugar de buscar alguna manera de subsanar el trámite de su nombramiento? Es la misma pregunta que he venido realizando desde hace mucho tiempo: en Costa Rica, ¿es más importante rendir un informe que construir una escuela, una carretera o un hospital?
Visiones maniqueas. Esos son los verdaderos dilemas, no las visiones maniqueas de quienes creen que gobernar es escoger entre opciones perfectas. En la política nada es blanco y negro, nada es dos más dos; no existen soluciones automáticas, ni tajantes, ni sencillas. Algunos han hecho una carrera de simplificar las cosas y de pretender que la ética pública no es más que una receta. Para ellos, todo error es un error garrafal y todo descuido es un pecado mortal. Cegados por su simpleza, no se percatan de cuánto pierde el país con la renuncia de personas como Bruno Stagno y cuán poco gana, si es que gana algo.
Bruno Stagno fue uno de los mejores cancilleres en la historia de Costa Rica. Defiendo su gestión no solo porque fue mi ministro, porque es mi amigo, o porque es una de las personas a quienes más quiero. Defiendo su gestión porque es a él a quien le debemos, en gran medida, que Costa Rica haya vuelto a ser una autoridad moral en el ámbito internacional, como lo fue durante mi primer gobierno, cuando nos enfrentamos a las dos superpotencias en la lucha por la paz en Centroamérica.
Veinte años después, bajo el liderazgo del canciller Stagno, nuestro Gobierno dignificó la política exterior. Establecimos relaciones diplomáticas con más de veinte países, incluidos China, Cuba y varias naciones árabes moderadas. Presidimos el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Abrimos cuatro nuevas embajadas, en China, en India, en Qatar y en Singapur, y trasladamos nuestra embajada en Israel de Jerusalén a Tel Aviv. Pero sobre todo, recobramos nuestra voz en el concierto de las naciones: defendimos, entre muchas otras cosas, la Paz con la Naturaleza, el Consenso de Costa Rica y el Tratado sobre la Transferencia de Armas (ATT).
Este último documento, en el que durante muchos años trabajó la Fundación Arias para la Paz, se encuentra actualmente en conocimiento de las Naciones Unidas, gracias a la diligencia de Bruno Stagno.
Ningún Gobierno en la historia de este país ha presentado un texto de tal trascendencia internacional para disminuir la violencia y, también, para reducir la pobreza, porque está demostrado que el gasto en armas subvierte las expectativas de desarrollo de los países más pobres del planeta.
Espero que la salida de Bruno no afecte el trámite de este acuerdo internacional, y en general, espero que no presagie un viraje drástico en la dirección de la política exterior que sostuvimos durante mi gobierno.
Por lo pronto, nos queda la tristeza de saber que Costa Rica continúa transitando la senda de una peligrosa delectación por destruir honras ajenas; continúa haciendo héroes de quienes se enorgullecen de tirar la primera piedra. Por eso hoy quiero dejar constando, ante quienes aplauden el escarnio público, quienes se erigen en jueces de los demás, quienes reparten sentencias sin ninguna investidura, quienes se regocijan ante cada nueva renuncia y cada nuevo golpe político, que, aunque les duela, Bruno Stagno está fuera de su alcance.