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Jorge Guardia abogado-economista jguardia@nacion.com 12:00 a.m. 08/06/2010

El Fondo Monetario Internacional (FMI) rindió el veredicto final sobre la política macroeconómica de la administración Arias, particularmente durante el complejo período de la crisis, cubierto por el convenio de stand-by. ¿Qué nota le asignó?

Pasó. Pero no con honores. Si bien, aprobó sus esfuerzos en asignaturas básicas como administración monetaria y cambiaria (con algunas recomendaciones puntuales) y también le reconoció algún mérito por la reactivación de la economía, le recetó un sermón fiscal y tributario que, a todas luces, iba dirigido a la nueva administración.

Doña Laura –parece que le dijo– ponga las barbas (o la melena) en remojo, pues la situación interna se le podría complicar. El Fondo no saca pelo sin sangre. El anterior acuerdo fue muy suave por la crisis. Pero si tuviera que solicitar un nuevo convenio para fortalecer la situación externa mientras negocia reformas internas, le sacarían a relucir los trapitos sucios y le impondrían condiciones que hasta ahora no ha o necesitado cumplir.

A mi juicio, lleva razón el Fondo. El Banco Central no ha logrado romper las expectativas de inflación, que se han mantenido en 7,5% mucho tiempo, superior a la meta del Programa Macroeconómico. Además, la variación de mayo resultó peor que lo esperado. Algo tendrá que hacer el nuevo jerarca para morigerar las expectativas y encuadrar los resultados. Un ligero ajuste en las tasas de interés no sería malo, ya que el tipo de cambio varió su tendencia e impone un mayor riesgo a las entradas especulativas de capital. Y, para ser congruente, el FMI le recomienda mayor flexibilidad cambiaria para evitar tener que sostener la banda inferior con más emisión (si se diera), pues resulta inflacionaria. Técnicamente, tiene toda la razón.

Pero el área más complicada es la fiscal. Históricamente, el Gobierno gastaba más de la cuenta y al Banco Central le tocaba restringir el gasto privado para mantener el equilibrio “macro”. Por un instante, Memito Zúñiga mejoró las cosas y dejó un ligero superávit. Pero se lo tragó la crisis. Ya Hacienda volvió a ser parte del problema, no de la solución. Los chicos rudos del Fondo recomiendan al nuevo controlar el gasto en el 2010 para contener el creciente déficit fiscal, cercano al 6% del PIB, y hacer una reforma tributaria de fondo en el 2011 para engrosar el erario y hacer de los impuestos algo más justo y eficaz. Si no, habrá más inflación y, quizás, una peligrosa crisis externa. Porque ningún régimen cambiario, por más flexible que sea, puede evitar los efectos nocivos de un sostenido déficit fiscal. Como dicen los viejillos en los turnos pueblerinos: está cantado.

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