A pesar de que los precios del petróleo, que representa el 90% de sus ingresos por exportaciones, aumentaron sustancialmente en el primer trimestre de este año, comparado con el mismo período del 2009, el producto interno bruto (PIB) de Venezuela se contrajo un 5,8% entre enero y marzo. Se trata del cuarto trimestre consecutivo de caída, y las perspectivas no son nada halagüeñas. Según los expertos, la incertidumbre generada por el Gobierno de Hugo Chávez, la crisis en la generación eléctrica local, la falta de divisas y el colapso productivo generalizado, solo permiten prever un deterioro mayor y, como resultado, un acelerado empobrecimiento.
Chávez ha minimizado la seriedad de la recesión que se ha posesionado del país y, lejos de anunciar medidas correctivas para cambiar las tendencias, las interpreta como señal de un “velorio” del capitalismo y del ímpetu del “modelo económico socialista”. Olvidó decir que es, precisamente, por los disparates de su confusa, arbitraria y autoritaria opción político-económica, sumada al desastre administrativo y las corruptelas del sistema, por lo que la principal víctima de este colapso es la población.
La crisis energética no es culpa del “imperialismo” ni del capitalismo, sino consecuencia directa de la falta de inversión en proyectos de generación eléctrica, fallas en las redes de distribución y un irresponsable gerenciamiento de las compañías estatales encargadas del sistema. Ese mismo tipo de problemas afecta a la otrora eficiente compañía estatal Petróleos de Venezuela, cuyo volumen de producción ha venido retrocediendo, en medio de un festín en el uso de sus recursos para cualquier capricho del Presidente, sin controles públicos de ninguna índole.
También se ha reducido, hasta casi desaparecer, la inversión privada, por el temor a las expropiaciones, los constantes cambios en las reglas del juego, la dificultad para conseguir divisas con las cuales comprar insumos, y la contracción en el mercado de consumo local.
Las cifras más detalladas del desempeño económico, reveladas por el propio Banco Central, indican que, en el primer trimestre del año, las importaciones del sector público se redujeron un 22% y las del privado, un 43% en relación con el primer trimestre del 2009. En tanto, la actividad petrolera bajó 5%, las de transportes, 15,9%, y el comercio y la manufactura retrocedieron 11,6% y 9,9%, respectivamente.
Todo esto ocurre mientras el resto de los países el hemisferio, a excepción de los caribeños Bahamas, Barbados, Haití, Jamaica y, por supuesto, Cuba, han retomado su crecimiento, aunque con distintos grados. Chávez no puede culpar a nadie fuera de Venezuela como causante de la desgracia, y menos dentro de ella. Porque el único culpable es él mismo.
Ante esta cruda realidad, la conclusión es dramáticamente clara, y fue resumida por José Guerra, exgerente de investigaciones económicas del Banco Central venezolano: “No hay salida. El Gobierno tiene una política clara de liquidar al sector privado, y así no se puede hacer nada. Se requiere un cambio político que revierta la situación”.
Las elecciones legislativas de setiembre, a las que la oposición acudirá unida, abren una ventana para ese posible y necesario cambio. Sin embargo, no existe certeza de que serán limpias, y menos de que el Gobierno no ejerza todo tipo de presiones para limitar la capacidad de expresión y acción de los sectores independientes. Además, como medida de corto plazo, es posible que, aunque sea a riesgo de una inflación desbocada, incremente salarios como forma de “comprar” momentáneamente la voluntad de los electores que han decidido abandonarlo.
Por desgracia, todo indica que los tiempos que vienen serán peores, en todo sentido, y sus consecuencias se muestran alarmantes.