La pared es enorme y la fotografía comparativamente diminuta. Desde la fila para pasar la revisión de pasaportes en el Juan Santamaría cuesta trabajo distinguir al personaje, sobre todo a los veteranos. Las optometrías 20-20 son ya un lejano recuerdo y Laura Chinchilla se me desdibuja desde el extremo opuesto de la sala de migración. En otros aeropuertos, especialmente los de países de tradición autoritaria, la iconografía es más clara y en algunos casos, monumental.
Costa Rica es diferente. Exige más de la vista, pero las modestas dimensiones del retrato no dejan de ser elocuentes. Cuentan la historia de un país democrático, a veces demasiado igualitario y siempre alérgico al culto de la personalidad. El retrato de nuestros presidentes aparece en los sitios adecuados, pero sin especial destaque ni parafernalia. Son un mero formalismo, apenas cumplen.
El extranjero puede confundir las dimensiones del cuadro con un elegante gesto de modestia. En realidad es un acto de sensibilidad política. Los gobernantes costarricenses conocen la idiosincrasia y, por lo general, también la comparten. El exceso implica un grave riesgo de rechazo e invita al ejercicio de nuestra más temible forma de protesta democrática: el choteo. Quienes se arriesgan a cruzar esa frontera, terminan pagándolo caro.
La incesante sospecha del costarricense frente al poder es una virtud democrática cardinal, afincada en la base de nuestro diseño institucional. Está plasmada en la Constitución Política y en las leyes aprobadas para desarrollar sus preceptos, pero las trasciende para establecerse como un firme rasgo cultural. Mientras dure, habrá esperanza de perfeccionar la vida en sociedad.
Por eso el país hace bien en prestar oídos sordos a los proponentes del presidencialismo imperial, deficitario en materia de controles para alentar una supuesta gobernabilidad. Nada impide revisar puntualmente la maraña legislativa que entorpece la acción del Estado y resta agilidad a la función pública. Hay mucho que hacer en ese campo y los primeros en señalarlo son los responsables de los mecanismos de supervisión, como la contralora general de la República, pero de ahí a la reforma radical predicada por ciertos gobernantes frustrados hay un trecho grande, a cuyo tránsito no nos debemos abocar sin un sano bagaje de desconfianza.
Espero conservar la vista suficiente para ver cómo se encogen los retratos presidenciales en otros aeropuertos de América Latina y el mundo. No son un indicador infalible, pero sí un buen indicio de la necesaria transformación de los gobernantes en servidores públicos, y de los pueblos en auténticos soberanos.