Cuando el 11 de junio del 2006 en los medios locales apareció la noticia de que Dio, banda y líder, vendrían a Costa Rica, seguidores del heavy metal pedían que alguien los pellizcara para saber si no estaban soñando.
La venida a suelo tico de uno de los exponentes más grandes del género, y toda una institución ambulante en esas huestes, era un paso que nadie imagina que iba a suceder: un Rainbow, el único hombre que había dado la talla para sustituir a Ozzy Osbourne en Black Sabbath, el que grabara Heaven and Hell volvía sus ojos a una tierra chiquitita que, si bien es cierto había tenido ya a exponentes de peso como Helloween, Anthrax, Sepultura y otros, veía el verdadero primer paso de la avanzada de alto calibre que, con las visitas de Iron Maiden (2008 y 2009), Metallica y Megadeth (ambas este año), se afianza hoy.
Recuerdo. Costa Rica jamás olvidará que el único concierto que Dio ofreció en Centroamérica fue el sábado 22 de julio, a las 8 p. m., en el Costa Rica Tennis Club, en Sabana, San José. Trauma le abrió.
Lo trajo DMP Producciones sin desangrar bolsillos. Verlo costaba ¢14.500 en preventa y ¢20.000 el día del concierto.
No se alcanzaron las 4.000 personas; pero Centroamérica se manifestó: vinieron fans de Nicaragua, El Salvador y Panamá. Sí, Dio había hecho que muchos viajaran por días y él salió a escena como un titán, como si el Tennis Club estuviera repleto.
Tan feroz fue Dio que una sola palabra fue suficiente para que la prensa retratara su concierto: “Espectacular”.
Fue con la portada del disco Holy Diver como fondo que fueron apareciendo uno a uno los miembros de la banda: el guitarrista Craig Goldy; el bajista Rudy Sarzo; el tecladista Scott Warren y Simon Wright en la batería. La gente enloqueció. Y para cuando el llamado mago del rock clásico se dejó ver, el público rompió en gritos,
Ronnie James Dio saludó y desató Children of the Sea a la que siguió I Speed at Night.
Con Stand Up and Shout , Holy Diver, Don't Talk to Strangers y el clásico de la época de Dio con Black Sabbath –el Heaven and Hell– el Tennis Club coreaba.
Dio hablaba con la gente, recibía con sonrisa el abrazo de un fan que había logrado sortear la seguridad y subir a la tarima –El cherepo le dicen sus compas–. Hasta los más rudos tenían lágrimas en los ojos, es que Dio diseñaba sus conciertos casi como una ópera y su voz clara y potente impresionaba con su desempeño interpretativo. Y con ese panorama de fondo, Dio tejió el final del día más inolvidable del 2006 con We Rock y The Last in Line.