Tres horas después de entregar la banda presidencial a Laura Chichilla, Óscar Arias se acostó a dormir.
Pidió que no lo molestaran ni le pasaran el teléfono por unas horas, contó un mayordomo (no se identificó) cuando La Nación llamó a su residencia para una consulta.
Pasadas las 12:30 p. m., al terminar el acto de traspaso de poder en el parque La Sabana, Arias almorzó con varios exministros y amigos en su casa en Rohrmoser, Pavas.
“Es una reunión de traiga (lo que se come y bebe)”, manifestó temprano Mariángel Solera, su asistente de toda la vida.
El cansancio también hizo desistir a Arias de regresar por la noche al parque al Concierto por la Democracia donde cantaron el panameño Rubén Blades y los ticos de Malpaís y Gandhi, también informó su mayordomo.
Temprano. El último medio día de Arias como Presidente comenzó ayer a las 6:00 a. m .
Solera comentó que “hizo ejercicio, se metió al sauna y desayunó”.
A las 9:10 a. m. el Presidente salió de su vivienda para iniciar a pie, con sus ministros y presidentes ejecutivos, el trayecto de 800 metros que separan su casa de La Sabana.
Fuera, dos altoparlantes reproducían merengues y cumbias.
El payaso Pulgarcito se paseaba en un pequeño triciclo y la banda del Cuerpo de Bomberos aguardaba al mandatario para interpretar la Patriótica Costarricense.
“Un grupo de amigos nos organizamos para darle la despedida”, afirmó Vivian Quesada, una de las amigas y organizadora.
Arias se acercó al gentío y a la prensa. Habló del fallido cierre del Acuerdo de Asociación con Europa el jueves pasado; de la Guerra Fría y los conflictos armados en Centroamérica que encaró en su primer mandato (1986-1990) y de la división de Costa Rica por el TLC con Estados Unidos que enfrentó en su segunda Administración.
Dicho eso, comenzó a andar. En la marcha no faltaron señoras que lo besaron y apretujaron, aunque el mandatario estuvo la mayoría del tiempo bien agarrado de la mano de su novia, Suzanne Fischel. Los hijos de Arias –Silvia y Óscar Felipe– iban al lado de la pareja.
A las 9:55 a. m., Arias entró al parque de La Sabana, por ese punto donde el Estadio Nacional todavía está sin terminar.
Decenas de los obreros chinos que construyen el coliseo lo esperaban en dos disciplinadas filas a ambos costados del camino.
Detrás de Arias venía el tumulto: su gabinete, embajadores gente común y corriente que burló la seguridad. Solo quedaban 200 metros para llegar. Eran las 10:15 a. m.