Los aplausos, los vivas y los ojos vidriosos por la emoción sacudieron la modorra que por ratos se adueñaba de los cientos de asistentes al traspaso.
El ingreso del hoy expresidente Óscar Arias Sánchez fue el primero de varios momentos clímax por los cuales valió la pena calarse todas las incomodidades del recinto sabanero.
Porque, hay que decirlo, el calor, la falta de asientos, la pésima visibilidad, el difuso audio, las inmundas baterías sanitarias y otras pulgas no fueron capaces de agriar los ánimos y apagar el encendido patriotismo que se desbordaba por momentos.
Si con la aparición de Arias –quien fue espléndido en sonrisas y apretones de mano– a la gente se le enchinó la piel, el arribo de Laura Chinchilla hizo que aflorara, en más de uno, la emotividad hasta las lágrimas.
Pero antes de estos y otros “platos fuertes” del acto, las horas se antojaron lentas y, por supuesto, el tedio dio lugar a uno que otro chiste y, en especial, a hacer nuevas amistades. Al mejor estilo de Tiquicia, no bien muchos se habían arrellanado en sus asientos cuando ya estaban metiéndole conversona al vecino y, horas después, los unos se sabían la vida y milagros de los otros.
Pero no solo amistades y vacilón cosecharon quienes llegaron más temprano, pues hubo quien hizo su agosto de la forma más impensable: una señora con talante de ama de casa bonachona, empezó a recoger los coloridos paraguas colocados por la organización en los asientos vacío. ¡Y luego se dedicó a venderlos!
Lo más sorprendente es que hubo más de un parroquiano que pagó ¢500 por semejante ganga, y después de que un policía advirtió el hecho y se “paseó” en el negocio de la doñita. Más de uno comentó que la improvisada vendedora hasta tuvo tiempo de armar combos y vendía tres paraguas por el precio de dos.
Otra de las grandes entretenciones de la “gradería de sol” fue guardar el momento histórico en una fotografía, y ¿qué mejor que un recuerdo al lado del mismísimo Supermán?
Y es que, ante la mirada perpleja y divertida –en especial de los muchos extranjeros que asistieron al evento– Gerardo Vargas, de 62 años, llegó ataviado con el disfraz completo del superhéroe, como lo ha hecho por años en carreras de atletismo y otras actividades, pero nunca antes en un traspaso.
Vargas, conserje pensionado y vecino de Cartago, apenas pudo contestar las preguntas de este y otros medios, pues la gente se arremolinó para fotografiarse con él.
Pero quienes se convirtieron en verdaderos protagonistas, especialmente hacia el cierre del traspaso, fueron decenas de obreros chinos quienes, con su uniforme anaranjado, dejaron por un rato su faena en el estadio y se acercaron tímidamente. ¡Para qué lo hicieron
La gente, ya en la agonía de los discursos, se desentendió de príncipes y presidentes y se dedicó a fotografiarse con los chinitos, quienes no entendían ni una palabra pero accedieron gustosos y sonrientes: sin proponérselo, se convirtieron en las “estrellas” del corolario del traspaso de poderes de un país que, por alguna razón, los considera una especie de souvenir.