Buenos Aires
“¡Cómo defienden los tanos'!”, se asombró un televidente que se había preparado para el plato fuerte del semestre futbolístico: Barcelona-Inter por la semifinal de la Liga de Campeones de Europa.
Pero tenía frente a sí una papa hervida, sin sal ni aceite. Uno que empujaba tímidamente contra otro que resistía con fiereza.
Se olvidó que los once nerazzurros eran extranjeros: 4 argentinos, 4 brasileños, un camerunés, un holandés, un rumano.
Luego ingresaron un ghanés, un colombiano y un keniata. Y el técnico, portugués. Nunca más exacto el nombre Internazionale.
No hay nada menos italiano que el Inter. Su único rasgo itálico fue el viejo y áspero catenaccio.
Con él alcanzó la final ante el Bayern Munich alemán.
“Hoy es un día muy triste para el futbol”, declaró Ángel Cappa, agudo observador, defensor acérrimo del toque, de la bola al pie, de un compromiso irrenunciable con la estética asociada al juego.
Lo dijo a raíz de la eliminación de un cándido Barcelona a manos de un Inter que reflotó el defensivismo a ultranza.
Sí, los que amamos el juego como expresión artística y de triunfo (una sin la otra no tienen sentido) no quedamos felices.
Le íbamos al Barça. Pero no ha sido un día triste por el resultado, sino porque el equipo catalán no fue la expresión brillante que disfrutamos en este último año y medio, sino todo lo contrario: se pareció a una formación mediocre, sin imaginación para resolver el problema planteado por el adversario (que es otra de las facetas apasionantes del futbol) y sin el carácter para dar vuelta con atributos.
No se trata de “morir con la mía”; cuando el toque muta en toquecito y no desequilibra hay que explorar otros caminos.
No los buscó o no los encontró. Terminó con cinco delanteros en el campo; podía haber puesto ocho, no hubiese variado nada: Barcelona sufrió un apagón de dos horas.
Se empequeñeció de golpe la aureola de Josep Pep Guardiola.
Cuando se desaparecieron sus individualidades no tuvo una fórmula alternativa de desequilibrio.
Y peor, no hubo temperamento para revertir la suerte.
El coraje deben aportarlo los jugadores, pero quien lo contagia o lo activa es el técnico. Nunca vimos un equipo pusilánime con un entrenador valiente. Ni al revés. Generalmente el once es reflejo del conductor.
De sus miedos y de sus agallas.
También quedaron expuestos, en esa semifinal europea, sus serios errores de fichaje.
Gastó 100 millones de euros, compró nada. Guardiola siempre alínea a Ibrahimovic como titular. Cuando va perdiendo, lo saca.
Nadie reemplaza al centrodelantero cuando necesita desesperadamente goles. Pero Josep es consciente que el sueco no puede. Menos en estos partidos. Y menos aún con Lucio y Samuel en el fondo interista, dos guardiacárceles.
Zlatan Ibrahimovic parece un jugador de utilería, una fachada de cartón con dos palitos sosteniéndolo de atrás. Es el único futbolista del que, hasta sus más fervientes admiradores, no pueden enumerar una virtud.
¿Patea? “No, pero es un gran jugador”, responden. ¿Cabecea? “No, pero es un gran jugador” ¿Gambetea'? “Bueno, no, pero'” Es como un disco rayado. Un lector español dio en el clavo: “Este tío es el paquete más grande del futbol mundial. Nadie sabe qué hace ahí”.
Debería ser comentarista estelar de las cadenas de televisión internacionales.
Mourinho, astutísimo, se lo quitó de encima.
Johan Cruyff, que cuando abre la boca obliga a protegerse con barbijo, dijo que el 3 a 1 del Inter en la ida había sido un robo arbitral.
En efecto, el tercer gol, de Milito, fue en posición adelantada.
Cruyff olvidó que el año pasado Barcelona fue campeón, entre otras cosas, porque uno de esos calamitosos árbitros europeos (que por supuesto irán al Mundial) ignoró entre 3 y 5 penales a favor del Chelsea, también en semifinales.
Y en la propia Londres! En esa oportunidad a Cruyff le agradó la tarea arbitral.
Inter es un justo y legítimo finalista. Ganó la pulseada táctica, supo cerrarle los conductos a Messi (todos dicen que el equipo lo sostiene a él, pero si él no se enciende el equipo tampoco).
Y supo golpear en la red. Eso fue en Milán. En España defendió ardorosamente, ostensiblemente, exclusivamente.
Le cabe la coartada de haber jugado 69 minutos con un hombre menos por la injustificada expulsión de Thiago Motta.
Públicamente, Mourinho exhibe actitudes repudiables, pero su táctica es legal.
No está prohibido defender en futbol. No es deshonra.
Y no pegó. Todo lo que esté dentro del reglamento, es válido. Por supuesto, resulta desagradable ver un equipo atrincherado y sacándola a cualquier parte.
Es vulgar, pero hay que saber contrarrestarlo, no llorar. El año pasado, jugando exactamente igual que el Inter, el Chelsea superó al Barça.
No arribó a la final por la comentada desastrosa prestación referil. Guardiola pudo haber tomado nota de aquel partido y del de Estudiantes. Cuando se le cierran atrás, se le queman los papeles.
Ahora habrá una final ítalo-germana. No se la envidiamos a Europa. El Bayern es un conjunto eficiente, aunque aburrido.
Semeja el equipo de una compañía de seguros. Juega con saco y corbata. Los dos son ultratácticos, Van Gaal y Mourinho. Que se arreglen entre ellos.