La semana entrante se celebran elecciones en Gran Bretaña. El actual primer ministro, Gordon Brown, la tiene muy difícil para mantener el asiento que ha estado por 13 años en manos de los Laboristas. Fiel al predicamento socialista de su partido, Brown le ha apostado a un mayor estatismo, utilizando el gasto público como el principal instrumento para recuperar el crecimiento. En consecuencia, el déficit fiscal ha aumentado a niveles parecidos a los de Grecia, a punta de un mayor endeudamiento público. La producción empieza a crecer, pero el desempleo sigue alto y hay fuertes temores de una recaída.
El líder de la oposición, el conservador David Cameron, está arriba en las encuestas. Su campaña se ha centrado en el tema del reavivamiento de la sociedad civil. Eso significa relevar al Estado de lo mucho que se le pide, dándole más libertad a la gente para escoger. Cameron pretende devolver el balance a las finanzas públicas británicas por la vía de menor gasto. Sin embargo, le ha costado vender su mensaje, ya que, aunque ya aparece de primero en las encuestas, con el apoyo de poco más del 30% de los votantes, apenas supera a Brown, que tiene un 25%.
Una tercera fuerza ha resurgido, amenazando con romper el duopolio de muchos años de Laboristas y Conservadores. Se trata de los Demócratas Liberales, liderados por Nick Clegg. Están de segundos en las encuestas, muy cerca de los Conservadores. En el papel, este partido es una rara mezcla entre social-liberales, que abogan por un Estado benefactor que gasta y regula más, y Libertarios, que critican fuertemente la habilidad del Estado para aumentar las libertades individuales. Lo que une a estas dos facciones de los demócratas liberales, es su deseo por aumentar las libertades cívicas y políticas, así como la idea de que, para balancear las finanzas públicas, se debe promover la austeridad en el gasto.
Lo interesante de estas elecciones es que ninguno de los tres partidos alcanzará la mayoría absoluta necesaria para elegir al Primer Ministro. Tendrán que negociar entre dos de estas tres fuerzas. Esto es muy usual en los sistemas parlamentarios europeos. Para gobernar, los partidos deben negociar prácticamente todos los días. Los poderes legislativo y ejecutivo se entremezclan. Si la negociación se cae, el gobierno también. A diferencia, en nuestro sistema presidencialista existe una clara separación entre poderes.
La negociación lograda entre Liberación y el Libertario es un importantísimo avance para destrabar nuestra Asamblea Legislativa. También le hará las cosas más fáciles al Gobierno de Laura Chinchilla. Pero el manejo del Ejecutivo sigue siendo responsabilidad de ella. Si quisiera, podría romper los acuerdos negociados y seguir gobernando (sola o con otro partido) hasta el final de su mandato electoral. La parte más difícil de la negociación viene ahora: cómo lograr mantenerla con frutos positivos.