Más allá de la cumbre mundial sobre seguridad nuclear que se celebró el lunes 12 y martes 13 en Washington, la semana antepasada tuvo, en materia de defensa, un foco clave para el Gobierno de Barack Obama: América Latina y el Caribe.
Sus contrapartes principales fueron Brasil, Perú, Colombia y Barbados, sede de una reunión sobre la materia de los demás países del Caribe oriental. Pero las implicaciones se extienden a todo el hemisferio, incluyendo Centroamérica.
Y los tres conceptos que mejor definen esa iniciativa son la cooperación regional, la eficacia estratégica, económica y operativa, y el reconocimiento especial a Brasil.
Alcances. El propio martes 12, en el Pentágono, el secretario de Defensa, Robert M. Gates, y su contraparte brasileño, Nelson Jobim, firmaron un acuerdo de cooperación militar de amplio alcance.
Es el primero de esa índole que ambos países suscriben desde 1977. Aunque fue caracterizado como “aspiracional”, incluye una serie de aspectos de gran importancia estratégica.
Entre ellos están la investigación y el desarrollo tecnológico, el apoyo logístico, el intercambio de información, los entrenamientos y ejercicios conjuntos, las operaciones de mantenimiento de paz, y el fortalecimiento de “capacidades militares” mutuas.
Este último punto, según Gates, “proveerá de oportunidades industriales”; es decir, opciones para la venta de equipos y tecnología a los brasileños, algo en lo que, por el momento, Francia ha tomado la delantera.
Al día siguiente de firmar con Brasil, Gates voló al sur.
En Lima, primera parada, el tema central fue, en sus palabras, la consolidación y expansión de las “robustas” relaciones militares con Perú, mediante “iniciativas bilaterales y multilaterales”.
Gates enfatizó en la importancia de la cooperación regional y resaltó, en particular, la de Perú con México y Colombia, así como su intercambio de “doctrina y entrenamiento” con este último país.
En Bogotá, siguiente escala, alabó la política de “seguridad democrática” del presidente Álvaro Uribe y su apoyo a estrategias de contrainsurgencia y combate del narcotráfico en otros países. Destacó, entre estos, a México y Perú, sin olvidar los aportes colombianos más allá del hemisferio, incluido Afganistán.
Pero existía otro tema de fondo, vinculado con las elecciones presidenciales de mayo y el acuerdo de seguridad suscrito por Estados Unidos y Colombia en octubre del año pasado. Gates calificó como “clave” hacia el futuro “consolidar los logros y, en particular, nuestra asociación, sobre bases duraderas”, para que perdure tras el cambio de gobierno. Es decir, un vínculo de largo plazo.
En Bridgetown, Barbados, el Secretario de Defensa se reunió con la mayoría de sus colegas caribeños, en el marco de la Iniciativa de Seguridad de la Cuenca del Caribe, un programa impulsado y modestamente financiado por Estados Unidos.
Gates elogió, particularmente, los “abordajes innovadores” de los caribeños para reforzar su seguridad colectiva al amparo de la iniciativa, y la forma en que se han potenciado “recursos limitados” para enfrentar “riesgos comunes, como el narcotráfico y el crimen organizado”.
Implicaciones. Si algo queda en evidencia, es que el énfasis del Pentágono no consiste en “contener” a Venezuela o neutralizar sus nexos militares con Rusia. Aunque pueda lograrlo indirectamente, y sea importante, sus objetivos de seguridad son más integrales, y se pueden desglosar en cuatro aspectos:
Desarrollar la coordinación regional de las estrategias contra el crimen organizado y el narcotráfico, bajo el concepto (acertado) de que sus organizaciones también tienen ese carácter.
Potenciar los recursos económicos y logísticos, siempre escasos, para abordar tan complicada tarea
Impulsar la cooperación entre Colombia, Perú y México, ámbito que se extiende a Centroamérica y Panamá.
Incorporar más plenamente a Brasil a ese abordaje conjunto, incidir en sus responsabilidades hemisféricas como potencia media, y abrir las puertas a su mercado bélico.
En una corta visita a Costa Rica realizada a principios de marzo, Frank Mora, subsecretario adjunto de Defensa para Asuntos del Hemisferio Occidental, insistió en la necesidad de ese tipo de cooperación en el istmo, por razones estratégicas, logísticas y financieras.
Un abordaje estrictamente nacional, que prescinda del intercambio de información y la coordinación de acciones con los vecinos (desde Colombia hasta México), será menos exitoso. Además, no podrá acceder a las fuentes de asistencia estadounidense con carácter regional.
Perspectivas. La presidenta electa, Laura Chinchilla, y su equipo de seguridad parecen compartir esa noción. De aquí, entre otras razones, su énfasis renovado en el istmo como área privilegiada de nuestra política exterior y de seguridad, y la decisión de reincorporarnos a la Comisión Regional de Seguridad.
Es un paso acertado; el aislamiento implicaría mucha menor capacidad frente al crimen organizado.
Sin embargo, en su ejecución habrá que cuidar los matices exactos e interlocutores de esa cooperación.
Los riesgos de la delincuencia transnacional son hoy, en el Istmo, una amenaza mayor que la del militarismo. Sin embargo, a veces marchan de la mano, y ello plantea claros desafíos a nuestras ineludibles relaciones con las instancias de seguridad centroamericanas.
Todos estos son aspectos que deberán ventilarse con los Gobiernos de la región y el de Estados Unidos, para que la cooperación sea realmente eficaz.
Las iniciativas del Pentágono, reflejadas por el acuerdo con Brasil y la gira de Gates, no implican, exactamente, una nueva doctrina en la seguridad hemisférica, sino un énfasis distinto, más multilateral y adaptado a los tiempos y desafíos.
Bien conducidas, tendrán alto potencial de éxito, pero las complejidades serán inevitables.