Un tema resobado, que vale la pena. En agosto del 2009 el Gobierno de Panamá envió a la Asamblea Nacional un proyecto de ley sobre los casinos. La ley comenzó a regir en enero pasado y a producir los ingresos respectivos. En Costa Rica un proyecto similar reposa en la Comisión de Asuntos Hacendarios.
La presidenta electa, Laura Chinchilla, comentó, según informó La Nación ayer, que “Panamá va a construir una carretera nueva de cuatro carriles hasta la frontera con Costa Rica, tiene dos muelles por licitar, un servicio de metro y un moderno sistema de autobuses”. Luego, denunció “nuestro letargo en el proceso de toma de decisiones, la condena previa a los proyectos y una gran dificultad para negociar”. En suma, el clásico nadadito de perro tico que algunos identifican con la devoción a la democracia participativa y callejera, cuando lo cierto es todo lo contrario: la inejecutividad y la modorra conspiran contra los resultados, y la carencia de estos deprime y degrada el sistema democrático.
Esta (in)cultura del nadadito de perro y del miedo a tirar a marco subyace en la papelomanía, la tramitología, el radicalismo ideológico (de todo signo), el poder de los mandos medios burocráticos, la falta de visión y de carácter de políticos y gobernantes, que han llegado a “sostener la yegua” o a nutrir el currículo. También nos delatan estos males en la psicología del costarricense refractario a enfrentar los hechos y, perdóneseme la expresión, a dar la cara. Las venturosas excepciones de hombres y de mujeres que han dado la talla, por su pensamiento y su acción, están esculpidas en sus obras en medio de legiones de envidiosos, de bajapisos, de blufs y sembradores a volea de desconfianza y difamación.
Contra estas huestes hay que luchar para extraer lo mejor del país, como hicieron nuestros abuelos, que, por cierto, remontaron el vuelo y remaron mar adentro porque, a diferencia de algunos contemporáneos, no se quedaron en el pasado. No es posible, por ejemplo, que por el miedo a tomar decisiones razonables o por cualquiera de las causas dichas ni siquiera tengamos derecho a saber qué tenemos. Lo digo por el reportaje de ayer de La Nación, que plantea una cuestión capital. Título: “Talamanca esconde codiciados yacimientos de oro y cobre”, como los contienen, en riqueza marina, nuestros mares para explotación y disfrute de otros. Solo el potencial aurífero de nuestro país asciende a $20.000 millones, según el Colegio de Geólogos.
Nos pasa lo de aquel viejito que encerró a su hija por 62 años para que no se expusiera al mundo y no perdiera la virginidad. Virtud de invernadero, la llaman, carente de méritos y rica en ignorancia.