Ya somos medio millón

Nuestrogran crecimiento en Facebook da razónpara el optimismo

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Eduardo Ulibarri periodista 12:00 a.m. 18/04/2010

Los ticos conectados a la red social Facebook superamos ya el medio millón. El 19 de marzo, cuando Pablo Fonseca dio la noticia en La Nación, el número exacto era de 531.300, un 12% de la población. Y sigue creciendo con acelerada rapidez: 400.000 de esos usuarios se sumaron en solo un año.

Los ticos conectados a la red social Facebook superamos ya el medio millón. El 19 de marzo, cuando Pablo Fonseca dio la noticia en La Nación, el número exacto era de 531.300, un 12% de la población. Y sigue creciendo con acelerada rapidez: 400.000 de esos usuarios se sumaron en solo un año.

Si añadimos a quienes utilizan otras redes o servicios similares, como Hi5, MySpace, Linkedin, Yahoo! Buzz, el más criollo QuePasa o el telegráfico y exitoso Twitter, podríamos llegar a una cifra parecida, aunque a menudo existan traslapes.

El dato, en sí mismo, es trascendente, como evidencia de una creciente conectividad por parte de la población, en especial la que cuenta con educación superior: el 84% de los afiliados a Facebook tiene estudios universitarios.

Pero más trascendental aún son sus implicaciones en distintos ámbitos de la vida y la sociedad. Actitud innovadora. El crecimiento evidencia la disposición y capacidad de nuestra población para adoptar innovaciones, no solo mediante la acción pasiva de consumir o usar algo distinto, sino la proactiva de buscar, compartir y relacionarse.

Se trata de una actitud esencialmente dinámica, deliberada y autogeneradora. Desde ella es posible suponer un impulso constante en la adopción de nuevos sistemas, servicios, tecnologías, relaciones y costumbres, probablemente a una velocidad cada vez mayor.

Esto permite adelantar una primera conclusión preliminar: el éxito creciente de Costa Rica en su incorporación a la economía del conocimiento no solo es producto de contenidos y saberes estructurados; es decir, de la educación formal. También se asienta en la inquietud, apertura y disposición de amplios sectores de la población a buscar, probar, explorar, aprender, renovar y crear.

Las redes sociales desarrolladas mediante Internet y otros dispositivos móviles son resultado y, a la vez, impulso de esos impulsos, a los que también contribuyen las actividades culturales, la cultura política democrática y la actitud crítica de la población. Nuestra capacidad innovadora es un ecosistema con variables múltiples, que se refuerzan entre sí. Relaciones orgánicas. Las relaciones generadas por Facebook y sus similares, además, tienen un carácter exponencial, orgánico y expansivo. Cada usuario escoge su red de “amigos” o seguidores, por iniciativa propia, propuestas o “invitaciones”. Pero cada uno, además, forma parte de otras redes y grupos, que constantemente se tocan, vinculan, superponen y transforman. La actividad es incesante.

Estamos, así, ante modalidades de relación y comunicación que mutan y se extienden constantemente.

Por esto, son difíciles de “manejar”, en el sentido tradicional del término: influir de manera unidireccional en las conductas de otros, sean individuos o grupos.

Podremos intentar ese tipo de influencia deliberada en las redes sociales, y alguna vez con éxito. Ejemplo clásico y reiterado: la capacidad de Barack Obama para poner las redes sociales al servicio de su campaña. Pero en el camino habrá múltiples fracasos y riesgos de perder el control.

Como plantea Duncan J. Watts, uno de los impulsores de la “ciencia de las redes”, en su libro Six degrees (Seis grados, 2004), “en la interacción, hasta los componentes más simples pueden generar conductas inusitadas”. Un hecho aparentemente fortuito se puede convertir en un detonante de cambio. Esto, por supuesto, genera incertidumbre y erosiona los modelos tradicionales de autoridad.

Segunda conclusión preliminar: en el ámbito de la educación, la creación, la producción y hasta la política, debemos avanzar hacia modelos de coordinación, orientación y dirección cada vez más asentados en la solidez de los conocimiento, la legitimidad de los valores y la capacidad de adaptarnos al entorno. Menos en las jerarquías rígidas. De lo contrario, muy pronto entraremos en contradicción con la dinámica desatada por los nuevos medios y las redes que propician.

No basta con claras líneas de mando, que se pueden convertir en un estorbo si adoptan actitudes verticales. Hay que generar eficaces entramados de relación e influencia. Estructuras flexibles. Esto conduce a otro ámbito crítico en cualquier sociedad: el de las estructuras de poder. Siempre serán necesarias; nunca brillarán por su ausencia. No hay colectividad que pueda sobrevivir y desarrollarse sin nociones bien definidas –y aceptadas– sobre sus ejes de autoridad, responsabilidad y legitimidad.

De aquí, entre otras cosas, la importancia del Estado de derecho, como sostén de la vida social, las garantías individuales y las iniciativas económicas.

Sin embargo, para entender el poder en sus dimensiones contemporáneas, y utilizarlo con eficacia y sabiduría, es preciso superar las nociones rígidas sobre las bases en que se sustenta y la proyección que ejerce.

Tradicionalmente, al poder se le ha ligado a fuentes rígidas, casi permanentes, desde las que emanan las capacidades de decidir e imponer que desarrollan ciertos individuos, grupos u organizaciones. La lista incluye la clase social a la que se pertenezca, la profesión que nos acompañe, la capacidad de acción de nuestros pares, la fuerza de alguna institución o el grado de dominio que tengamos sobre el capital, las armas, la religión, la construcción de símbolos o el andamiaje gubernamental.

Tal visión no es esencialmente equivocada, aunque a menudo haya conducido a burdas simplificaciones y terribles consecuencias. Sin embargo, cada vez se aleja más de un tipo de poder de relevancia creciente en las sociedades contemporáneas. Es aquel que, por asentarse en la función momentánea que cumplamos en una red (virtual o real), tiene condición y fundamento cambiantes. Hoy podemos guiar; mañana, seguir. Pero siempre deberemos vincularnos con otros.

“Debido a que el poder es inherentemente situacional, tiene un carácter dinámico y potencialmente inestable”. La frase es de David Knobe, profesor de la Universidad de Minnesota y autor de Political networks: the structural perspective (Redes políticas: la perspectiva estructural). El libro fue publicado inicialmente en 1990, pero su relevancia ha crecido con el tiempo.

Tercera conclusión preliminar: el desarrollo de las redes, sea sobre plataformas digitales o de interacción personal, destruye la rigidez y potencia el flujo de las relaciones, identidades y preferencias, sean políticas, ideológicas, sociales, sexuales o religiosas. Por esto, más allá de las coyunturas, existen razones estructurales que explican nuestra mayor volatilidad electoral. Neutralidad ética. El fenómeno de Facebook y sus compañeros de viaje es, éticamente, neutral.

Así como desde las interacciones que impulsan se puede generar solidaridad, promover el entendimiento, desafiar el autoritarismo o impulsar la colaboración científica y creativa, así también es posible invadir la intimidad, estimular el odio, multiplicar las mentiras o crear pánicos sin fundamento.

Frente a tal realidad, la opción no es el control, sino la educación para el buen uso y, además, el desarrollo de modalidades de filtración, alerta, autocorrección y apoyo en esos mismos sitios, servicios o redes. La edición colectiva de la Wikipedia, con algunos miembros “más iguales” que otros, responsables directos de controlar la calidad de los contenidos de esa gran enciclopedia universal siempre en movimiento, es un ejemplo a seguir.

Pero lo que sí resulta indudable es que el desarrollo de las redes sociales por Internet implica un gran desafío para las organizaciones altamente jerarquizadas. Esto afecta por igual a los sindicatos cerrados, los partidos dogmáticos o personalistas, las empresas centralizadas o la Iglesia Católica.

A todos esos tipos de estructuras no les quedará más opción que transformarse o debilitarse seriamente, con consecuencias que pueden acelerarse –para mal propio– de forma inesperada.

Cuarta conclusión preliminar: para una sociedad como Costa Rica, con tradiciones de horizontalidad social, democracia cotidiana, apuesta a la educación, apertura a la innovación, ímpetu cultural y razonable tolerancia, la extensión de Facebook y otras redes sociales no es un riesgo, sino una excelente noticia.

Algunos actores –sean sociales, económicos, académicos, gremiales, religiosos o políticos– sentirán turbulencias, pero el sistema y la gente, en su conjunto, ganaremos.

El impulso que las redes sociales otorgan a una mayor capacidad de acceso e intercambio de información, a la colaboración horizontal, la expresión de la diversidad, la transparencia, la interacción social y el control del poder, debe ser bienvenido.

Medio millón somos muchos, pero todavía resultamos insuficientes. La apuesta nacional debe ser a una conectividad cada vez mayor que, además de extender esa oportunidad o derecho a más sectores de la población, abra las compuertas a otras modalidades de vinculación, formación de redes, creatividad e innovación, en un marco de libertad y respeto mutuo.

Hoy el impulso lo producen Facebook y compañía. Mañana serán otros. Y todo indica que Costa Rica puede aspirar a la vanguardia, con estimulantes réditos.

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