El punto de partida para el diálogo son los hechos, no las verdades –como dicen algunos– y la discusión no es sobre los fenómenos, sino “sobre lo que se piensa del fenómeno”, dado que no podemos invalidar los fenómenos, porque están ahí, pero sí la temeridad de muchas afirmaciones sobre ellos. Para que haya entendimiento entre dos posiciones contrarias (por ejemplo, entre un creyente y un no creyente), la teoría debe ser contrastable con los hechos; si no, lo que tenemos son opiniones, mas no verdades.
Las religiones. En la historia humana, la religión se reviste de muchas formas. La razón de tanta diversidad está inscrita en la situación o tipos de vida de los diferentes cuerpos sociales (agrícolas, nómadas, urbanos), y viceversa. Toda religión es de alguien, “mi/nuestra religión”, y es “verdadera” para los creyentes en ella.
Epistemológicamente, es imposible sostener la superioridad discursiva de una religión sobre otra, pues sus representaciones mentales son equivalentes en credibilidad o no credibilidad a la hora de argumentar. También las religiones nacen, se desarrollan y mueren.
Apoyándose en los fundadores de las religiones (Moisés, Pablo de Tarso, Buda u otros), la fundación de una religión es siempre y rigurosamente una reforma (o rectificación). Cuando una religión se presenta inoperante – se apacienta a sí misma–, pierde su razón de ser para la comunidad y lógicamente desaparece.
La moral. Ninguna persona es buena o mala por ser creyente o no, pues las condiciones morales son atributos asociados directamente a la inteligencia. Si ‘religión’ viene de ‘religare’ (‘religar’), la experiencia religiosa –judía, cristiana, musulmana, budista, y muchas más– es un seguimiento que implica compromiso aquí y ahora con las demás personas y, en consecuencia, con su dios. Sin embargo, no cualquier acción, sino una que de repente me confronte con mis “cruzadas”: el ávido deseo espiritual por el poder, la homofobia, la insolidaridad, mi “verdadera religión” y, muchas veces, mi intolerancia religiosa, mi ateísmo obcecado, etc.
Es decir, la medida estaría no solo en fundamentar a partir de los hechos, sino, además, en consolidar acciones, pues todos somos responsables de todos y no enemigos.
Se trata no solo de explicar el mundo, sino de transformarlo para hacerlo acogedor; el lugar en donde caben todos, sin distinciones majaderas.
El imperativo son las personas. El asunto no es cómo vender el producto ‘religioso’ o ‘no religioso’, sino cómo las razones se reflejan en nuestras acciones. Aunque las personas en el diálogo piensen diferente, lo que importa primariamente son los proyectos en común que permitan beneficiar a las demás personas, también a las minorías, por supuesto. El imperativo son las personas, no las opiniones.
En ese esfuerzo por cargar con la realidad, el dar razones contribuye a liberarnos de los estereotipos y las aberraciones históricas (por ejemplo, el Holocausto y la cacería de herejes). Nuestros proyectos religiosos y políticos deben someterse a revisión y a una conversión permanente, cuando así lo ameriten. Las instituciones disfuncionales, religiosas o políticas, pueden morir, pero que ¡vivan los seres humanos!
Dudar. A este respecto, la relativización de las afirmaciones propias desde las otras es un ejercicio saludable personal y socialmente. Una visión religiosa que olvide la ciencia, es arrogante; y una visión académica que se olvide de la filosofía o la religión, es simplista, porque, nos guste o no, la historia de la humanidad es más que nuestras hipótesis científicas, tesis filosóficas y opiniones religiosas, y, en el fondo, las cosmovisiones que carecen de ellas terminan produciendo pseudoantropologías, las cuales sacrifican personas so pretexto de “verdades eternas”.
La religión, los mitos, la filosofía, el arte, lo que muestran es la variedad en el tratamiento de temas. La belleza, la justicia, la verdad, el dolor, cómo conocemos, qué podemos conocer, entre otros, son temas sobre los cuales todavía seguimos hablando porque no dejan de estar en nuestras vidas.
En el futuro. Ojalá las generaciones venideras puedan algún día ver a los costarricenses de hoy –como escribió Martin Luther King– haciendo una pausa y diciendo: “Ahí vivió un pueblo grande (...) que inyectó nuevo significado y dignidad a las venas de la civilización ('). Todavía tengo mi sueño y sueño con el día en que todos (...) tendrán comida y vestido y bienestar material para sus cuerpos, cultura y educación para su intelecto, libertad para su espíritu”.
La estrategia: si vamos a tener sueños, que sean compartidos.