Cuando éramos niños, dentro de las principales obligaciones autoimpuestas estaba la de aprender a silbar; acto de imitación pura que se fundamentaba en el hecho de que casi todos los adultos silbaban mientras iban al trabajo, durante la labor y' realmente, en casi todo lugar y ocasión, unos con dificultad, otros logrando interpretar simples tonadillas y los más hábiles imitando trinos, falsetes y otros artilugios musicales.
Cuando éramos niños, dentro de las principales obligaciones autoimpuestas estaba la de aprender a silbar; acto de imitación pura que se fundamentaba en el hecho de que casi todos los adultos silbaban mientras iban al trabajo, durante la labor y' realmente, en casi todo lugar y ocasión, unos con dificultad, otros logrando interpretar simples tonadillas y los más hábiles imitando trinos, falsetes y otros artilugios musicales.
Después de horas y horas de soplar y resoplar, de bromas de mis hermanos y sonrisas de mis padres, siendo todavía muy pequeño aprendí a silbar y, a partir de allí, lo he hecho toda mi vida; y como la práctica hace al maestro, no lo hago tan mal.
En mi experiencia el acto, muchas veces inconsciente, de silbar desde simples sonidos libremente concatenados hasta obras musicales complejas, es relajante y genera un salutífero estado de paz interior. Es parecido a tararear pero más sutil, mucho más íntimo y dulce. Al salir y entrar el aire por el orificio que entre sí dejan los labios, induce a acompasar la marcha, tranquilizar el pensamiento y pacificar la conducta.
Aprender a silbar bien podría ser un tema obligatorio en los primeros niveles de enseñanza primaria.
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